UNA RÁFAGA DE VIDA Y SOLIDARIDAD DESDE BUNKEYA (RD DEL CONGO)

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De Salamanca a Bunkeya

Helena es de Salamanca. El junio pasado terminó medicina. Su vocación, descubierta desde sus primeros años de vida, es ser medico especialista en Medicina Tropical.

Ya ha hecho una experiencia de trabajo en África. Fue con un grupo liderado por los salesianos del colegio donde cursó sus estudios.

Ahora, antes de prepararse en su especialidad, ha querido volver a África, esta vez como médico, con su maletín y su corazón lleno de ilusión, de ganas de darse, con ganas de aprender, con ganas de acoger lo que la vida la pone por delante.

Tenía que salir para Bunkeya el día 13 de enero, pero Filomena dijo que, por Barajas, no salía nadie; así que tuvo que esperar otra semana, y por fin el 19, puso rumbo a Lubumbasi pasando por Frankfurt y Adis Abbeba.

Allí la perdí la pista el día 20, ya en la comunidad de Lubumbasi.

Hoy día 30 me despierta el sonido de sus wsap y mientras oigo la lluvia golpeando con fuerza el cristal de la ventana de mi habitación, leo emocionada las primeras letras de su experiencia que, con su permiso os comparto:   

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“Hola Charo:

Espero que a pesar del Covid todo vaya bien por ahí. 

La misión está en un sitio muy bonito, es sabana húmeda, parecida a la jungla. Las hermanas se preocupan mucho por mí, y me tratan muy bien. Pero la realidad en el hospital es muy dura. 

Ayer sin ir más lejos, estaba por la tarde en el hospital, y me viene un padre gritando en Kisanga (un idioma de aquí que es variante del swahili), con una niña convulsionando en brazos, y no había nadie más alrededor, y no entendía nada de lo que me decía. Y yo aún no sabía muy bien dónde guardaban la medicación en urgencias, ni las jeringuillas. 

Tenemos cuatro niños con meningitis y por la tarde también se murió una niña. Por la mañana ampútanos un dedo a un hombre casi sin anestesia, sólo un poco de anestesia local. Hay cánceres que duelen en el alma, porque no hay tratamientos, y ves a los enfermos, apagarse del dolor. 

Vienen de puntos lejísimos, de aldeas remotas, desde 200 km, para tratarse. Los que están más cerca (a 50km), andan dos días por plena sabana y jungla para llegar hasta aquí. En fin, que la vida tristemente tiene otro valor. 

Los médicos de aquí son majísimos y me ayudan mucho; me explican todo y me dan mucha autonomía para que haga yo las cosas. Hay muchos partos todos los días. Esa es la parte bonita. 

Los médicos hacen de todo, son generalistas, pero son los que operan cualquier urgencia (abdominal, de piel, etc), los que atienden partos, hacen cesáreas, pasan la planta de pediatría, la de medicina interna, la de post-operados, las urgencias, se encargan de la anestesia... ¡Saben muchísimo! y lo hacen con total dedicación. Tiene tantos pacientes, que me asombro de dónde sacan la energía. 

El pueblo es pobre, con casitas de adobe y techos, algunos de paja y otros de chapa. Es muy verde y los atardeceres tiñen el horizonte de un naranja intenso. 

Las cabras, los cerdos y las gallinas acampan a sus anchas por el hospital, y por el pueblo en general. Es gracioso. 

Todo el mundo te saluda al pasar e intentan ayudarte en todo lo que pueden. Muchos niños también te piden con ojos melosos galletas y dinero. 

El clima es agradable, hace calor, pero no es asfixiante, no hemos sobrepasado los veinticinco grados, además es un calor seco y se aguanta muy bien.

Llueve un día sí y otro no. Es una lluvia rápida, como de tormenta. Llueve una hora y ya no llueve más. Es la época de lluvias, por eso está todo tan verde. Hay muchas palmeras, y otros árboles de raíces enormes cuyo nombre desconozco y muchas flores. 

Las misas son muy bonitas, llenas de alegría y de cantos. 

Estoy muy a gusto la verdad, a pesar de toda esa realidad que, a nosotros, europeos, nos choca. Desde aquí, hoy, aportamos nuestro granito para construir una sociedad más justa. Un abrazo enorme” 

Gracias Helena. Sí, hoy el mundo es un poquitín mejor.